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Por: Juan Carlos Martínez Prado
Ciudad Juárez, Chih.- Si alguien pretendiera definir con cierto rigor esta frontera entonces diría que Ciudad Juárez es una enorme franja de desierto huérfano en busca de identidad y que sus pobladores, al no pertenecer a ninguno de los lados en que han quedado atrapados, viven bajo la disyuntiva de crear su propio modelo o acatar otros que de algún modo los apresan.
En tiempos y lugares en que es común la distancia y el recelo, los juarenses están obligados a desarrollar un carácter tenaz, propio de tierras indómitas. Sin embargo, esta ínclita propensión a la dureza no los hace almas insulares, los convierte, en todo caso, en seres capaces de nutrir y nutrirse a la vez, en un desierto donde no existe tiempo para la melancolía.
En esta zona de cruces inexcusables, sus habitantes híbridos se niegan a ser tragados por la cultura sajona, pero también resisten el embate de la entelequia mexicana. Por eso no es descabellado pensar que los juarenses, considérense éstos nativos o emigrados, pertenecen a una especie de tercer país, atraído y expulsado por dos culturas contrapuestas que se funden en una geografía común.
Y si es cierto el concepto de Thomas Kuhn sobre que los paradigmas no son más que modelos que permiten ver las cosas en analogía con otras, entonces Ciudad Juárez y sus dicotomías cumplen justamente con esta acepción. En este confín uno ve y lo ven para ver de otra manera. Quienes habitan los límites toman de ambos lados para ser otros y ofrecen lo que aquí nace y se recicla para no ser lo que sus lados paralelos pretenden que sean. Mientras el norte y el sur luchan encarnizadamente por el poder y sueñan con la dominación, esta frontera, territorio en incesante tránsito hacia uno y otro lado, se conforma con un fajo de dólares en los bolsillos para vivir azarosamente su grandeza de no ser más que paso fugaz.
Ciudad Juárez tiene fama mal ganada. Quién puede negarlo. Quizá su vocación sodomítica sea la responsable de todas las condenas que le cargan. Sin embargo, aquellos que la punzan con el sable del decoro ignoran que el espíritu pandillero no se curte entre sábanas de seda sino larva el hígado en el estercolero de la guerra que, en el caso de esta frontera, ha arrojado, sólo en los últimos dos años, más de seis mil muertos a sus calles, más una estela de terror que mantiene arrollada la moral de sus habitantes.
Pero este alud de muerte con que ahora se conoce a Ciudad Juárez como la región más violenta del mundo, no llegó aquí de la noche a la mañana. Tampoco llegó sólo. Apareció de la mano de un sospechoso silencio gubernamental que protegió a quienes desde adentro y fuera de los cuerpos policiacos sembraron el miedo, en medio de un caos propiciado. El embrión se fue larvando, aletargadamente. Nadie pudo o quiso detenerlo a tiempo. Algunos, por temor de acabar con un tiro en la cabeza, y dejar de ser unos más en la fiesta fronteriza y, otros, por resguardar sus intereses al estar secretamente implicados.
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