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Por: carlosmarioalvarado
A diferencia de otras matanzas perpetradas en Ciudad Juárez, el atentado en contra de 30 estudiantes, con un saldo de 16 muertos la madrugada del domingo 31 de enero, el gobierno abandona su aparente pasividad ante las repercusiones locales, nacionales e internacionales.
La Procuradora del Estado, Patricia González, sale de su claustro, aparece en público y promete millonarias recompensas; la federación anuncia más investigadores; El municipio de Juárez se muestra impotente.
Los políticos se rasgan las vestiduras; exigen la comparecencia de los encargados de la justicia, piden renuncias al por mayor, resucitan denuncias penales que nunca nadie vio, etc, etc..
Mientras tanto, la indignación crece en las víctimas: decenas de padres de familia de los ejecutados estudiantes se agolpan; lloran, hablan, exigen y critican; reciben condolencias, se buscan culpables; se resquebrajan el muro mediático del gobierno para que “la violencia, no se politice”.
A lo largo de dos años, miles de personas fueran acribillados en forma individual o en grupos: aparecieron cadáveres e instituciones, en los bares, en las calles, el grado de convertir a Juárez en la ciudad más violenta del mundo.
En todos estos casos, la violencia en Juárez era minimizada por las autoridades del gobierno.
La impunidad y la sangre corrieron por las calles, ante la impasividad oficial. Se insistía que era una “guerra de Felipe Calderón”, una guerra ajena en donde participaban de mala gana el municipio y el estado, a pesar de que el crimen organizado haya asesinado a más de 300 policías en el estado, entre los que se encuentran alcaldes, regidores, y sobre todo funcionarios de la policía.
No fue así el año pasado. Los asesinatos del líder mormón, Benjamín Lebarón y del maestro universitario, Etzel Maldonado, así como del atentado en contra del gobernador, José Reyes Baeza, fueron escándalos internacionales que movieron a la Procuraduría a aclarar estos crímenes.
Tal parece que a partir del 31 de enero pasado, la sangre de los estudiantes clama venganza. El tapabocas que retenía el dolor de miles de víctimas impunes se ha retirado: La herida quedó abierta porque en un solo hecho criminal (de los miles registrados en Juárez) evidenció que los carteles de droga son un peligro para toda la comunidad.
Los sicarios hirieron a la clase media, a los votantes, a quienes trabajan legítimamente para proteger a su familia y los pretextos de los gobernantes locales y estatales, para no entrar a una guerra de Felipe Calderón, quedó rebasada.
Estaremos atentos para observar la estrategia del Estado y de los municipios para sortear esta nueva encrucijada.
No obstante, de antemano les garantizo que se usará la misma fórmula: primero mucha acción para después, nadar de muertito.
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